Hugo y Diego Cifuentes
"Cuando era adolescente, leí por primera vez Drácula de Bram Stoker, y me enamoré de ese personaje honesto, frontal, que persiguió una idea hasta el final, sin que le importaran los resultados. Sin embargo, no entendía la causa de mi admiración por alguien que provocaba temor en los demás. Solo años más tarde, al leer El beso de Judas de Joan Fontcuberta, mi apreciación sobre Drácula cobró sentido.
La relación con mi padre fue áspera, tal vez porque los dos nos parecíamos demasiado. No sé, pero aquella aspereza marcó lo que posteriormente di por llamar, de forma impúdica, mi vida. Durante buena parte de mi existencia sentí mucho rencor por mi padre. Pensé que supe separar al padre del artista, porque al artista siempre lo admiré profundamente. Fue mi ícono, y lo sigue siendo. Solo más tarde logré visualizar que mi amor por el vampiro era el mismo que sentía por mi padre: había logrado trasladar mis sentimientos por aquel personaje que no podía reflejarse en el espejo y que buscaba, a través del arte, reflejarse, para de esa manera existir. Fontcuberta había resuelto aquel enigma: el artista no es más que Nosferatu buscando reflejarse a través de los demás y de su propia obra.
Nací entre libros, fotos, discusiones político-filosóficas, en un ambiente bastante austero, pero lleno de las complejidades de un hogar formado por un hombre especial. Digo que el ambiente era austero, casi autárquico, porque Hugo era un ser solitario, con posturas inflexibles frente al arte y la política, razones por las que se separó, en un inicio, de la pintura y el dibujo para refugiarse en la fotografía.
Nuestra sociedad exige la imposición de membretes. No podemos conceptualizar nada en absoluto sin que previamente le hayamos puesto un nombre. Esta es la razón por la que me fastidia un tanto que a Hugo Cifuentes lo llamen fotógrafo o pintor o dibujante, porque él era eso y no era eso al mismo tiempo: era un artista que siempre estuvo en búsqueda constante, con divorcios, reconciliaciones, abandonos y perdones.
Digo que mi padre se refugió en la fotografía. La sociedad había aplicado la estética utilitarista de la fotografía, apenas como un instrumento de identificación, publicidad y referente etnográfico de un país que, hasta entrados los años ochenta del siglo pasado, no se atrevía a mirarse hacia adentro.
Es a partir de los encuentros que sostuvo con figuras como los mexicanos Graciela Iturbide y Pedro Meyer, o el cubano Mario García Joya (Mayito), cuando Hugo Cifuentes decidió dar una patada al tablero de la visión que se tenía del quehacer fotográfico en Ecuador y dio un salto, en compañía de su hijo Francisco. Ese salto arrojó resultados cuando ganaron, en conjunto, en 1983, el premio Casa de las Américas con el ensayo Huatusi (Murió). Por primera vez, la fotografía ecuatoriana fue vista fuera de la óptica etnográfica imperante.
Cifuentes entendió muy bien que el arte es un escenario permanente de guerra, guerra de ideas y posiciones, y fue consecuente con ellas. No claudicó y dio batalla. En el 1968 de Tlatelolco, Praga y París, junto a Oswaldo Moreno, León Ricaurte, Luis Molinari, Gilberto Almeida, Guillermo Muriel, Aníbal Villacís y Enrique Tábara, creó el movimiento VAN y con él la Antibienal de Quito. A través del VAN propusieron nuevas formas de pensar el arte y dieron un puntapié al tablero que estaba vigente en Ecuador. Tal como lo dijera Joost Smiers, supo diferenciar entre el buen arte y el pertinente. Cuando abandonó las artes plásticas, decepcionado por las posturas que habían tomado sus colegas, decidió no aislarse, sino cambiar de expresión. Miraba con algo de nostalgia, en los años en que yo comenzaba a escudriñar en él, su paso por el VAN, y reía con algo de sorna cuando por ahí leía que VAN venía de "vanguardia". Hugo solo atinaba a decir que VAN es justamente eso: los que van.
Pasé mi infancia junto a un cuadro maravilloso llamado El mundo de Carola, un collage que incluía fotografías y pintura, colgado sobre el puesto que yo tenía en el comedor familiar. Me impresionaba la mirada de aquella niña (Carola) que parecía resbalarse e intentaba sostenerse de la nada, esa niña que Hugo había encontrado husmeando en la basura del botadero del mercado de Santa Clara, en Quito; imágenes de marchas populares y un crío botado desesperadamente en la parte superior derecha del cuadro (ese ataúd). Hoy que ya crecí, me maravillo al recordar aquel cuadro, que lamentablemente no está más en poder de mi familia, y al que solo puedo admirar en fotografías. Me deslumbran con lo osado que fue para su época al integrar la fotografía como un elemento de la producción plástica.
Aquel hombre huraño que fue mi padre ni siquiera dejó registro de fechas ni lugares, por lo que me tuve que fiar de la frágil memoria de mi madre, que fue su compañera de viaje. Algunas imágenes no tenían ningún dato y, por esa razón, opté, como editor, por eximirlos.
Hugo Cifuentes básicamente fue pintor y dibujante, sin embargo, apenas pude localizar tres pinturas y por eso también obvié la muestra de estas, ya que con una cantidad tan pequeña no hubiera sido sensato hacerlo. Afortunadamente, tengo en mi poder un gran número de sus dibujos y son estos los que integran esta obra.
En un momento intenté entablar la conversación que se quedó trunca, esa que nunca tuvimos porque nuestra rivalidad no lo permitió. Una vez que mi padre falleció, y una noche, frente a una copa de vino y escuchando blues, pude reconciliarme y comenzar a entender lo que él había sido. No obstante, esa conversación no tenía sentido porque caía en el terreno de mi ficción y habría estado cargada con mi sesgo. Entonces decidí simplemente hablar de mi experiencia como hijo y testigo del trabajo de este hombre que abrió las puertas para que Ecuador pudiera ver a la fotografía con otros ojos.
Ser hijo de Hugo no fue fácil y menos cuando decidí yo también hacer fotografía. Tenía que alejarme de la sombra de mi padre y pasar a tener identidad propia. Cometer parricidio fue algo doloroso, pero necesario, para más adelante no solo sentir orgullo de hijo, sino asumir que crecí junto a un personaje terrible pero gigante, intentar mirar con ojos más objetivos su obra y, a través de ella, entender al artista y reconciliarme con el padre.
Me parece maravilloso ver que un ser tan huraño haya podido tener una visión tan generosa de la humanidad, tan cargada de humor, con tanto respeto por el otro, sin caer en el manejo maniqueo y fácil que puede dar la visión etnográfica.
Mi padre fue el autor de la pieza musical en ritmo de bomba El tote barroso. Siempre sentí una sensación extraña cuando escuchaba esa música, una mezcla de orgullo y grito contenido, el beso cómplice y silencioso aplacando el nudo de mi garganta, mis recuerdos de las fiestas populares, los toros de pueblo, la grabadora y la cámara fotográfica, el silencio obligado porque mi padre estaba trabajando, el "¡viva Quito!" acompañado de la carcajada al ver al taita bailar esa pieza junto a mi madre.
Todas las mañanas, frente al espejo, siento que me estoy transformando en lo que nunca quise. Todo aquello que antaño me parecía detestar ahora me resulta encantador. Cada vez que miro mi reflejo en el azogue, creo que él me mira.
Papá era un ser extraño, yo soy un ser extraño."


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